Presentación del libro Señora Grande de José Fraguas (Colección Barranca Yaco)
Presentamos Señora Grande de José Fraguas. Este miércoles 9 de mayo a las 19hs en el CCC (Corrientes 1543 3° piso). Presentan Gabriela Bejerman, Evelyn Galiazo y María Silva. Canta Gimena Riestra. Los esperamos!
Señora Equis. Reseña de Señora Grande por Evelyn Galiazo para El interpretador libros
Manuela, Susana, las hermanas Pichiesther y la perturbada
que “De repente” ameniza un viaje de larga distancia con sus gritos son algunas
de las señoras grandes que aparecen en este libro. Ser una señora grande no es
lo mismo que ser una gran señora, una verdadera dama, existencialmente
aristocrática. No es tampoco ser una mujer con todas las de la ley, con los
pies en la tierra y la belleza de la experiencia. Nadie quisiera ser descripta
como una señora grande y mucho menos convertirse en una. Sin embargo, en los
trece relatos que componen Señora grande, José Fraguas logra
exponer gran parte de la magia de estas señoras y mostrarnos en qué consiste.
Hay algo decididamente almodovariano en la descripción que hace Fraguas de unos
barrios y de unos pueblos donde algunas señoras, un poco detenidas en el tiempo
–o mejor: intempestivas-, adquirieron un gran magnetismo. Tienen el atractivo
de ser no convencionales pero sin la impostura ni la pretensión. Lo que las
hace grandes es su manera desorbitada de convivir con la adversidad y de dejarse
afectar por ella. Porque aunque en sus rutinas no pasa demasiado, la palabra
que más las acompaña es “dramatismo”. El dramatismo de los sentimentales, de
los niños y de los borrachos, es decir, de los intensos.
La sensibilidad femenina, lacrimosa y desmesurada, –y por
eso mismo teatral– contrasta con una escritura prudente que construye
escenarios completos con escasos recursos. Elegidos con pericia, dos o tres
objetos son suficientes para describir un entorno; dos o tres frases –copia
fiel del discurso del otro- alcanzan para dibujar la coreografía de un
personaje en escena. El narrador está muy atento, sabe escuchar y sabe recortar
lo fundamental que, en última instancia, es siempre lo desopilante. Ese
narrador es un chico. Tal vez sea el nene de ojos enormes que aparece en las
ilustraciones de Santiago Erausquin –a quien está dedicado el libro-. No sería
nada extraño porque a la mirada infantil vuelve continuamente. Incluso en los
cuentos donde el narrador es más grande, regresa en algún momento a la infancia
para contar una anécdota. Señora grande parece ser también, entonces, la que se
ve posiblemente más grande de lo que realmente es desde la perspectiva de tal
perspectiva: la del que está creciendo y escucha, no sin asombro, las
conversaciones de los mayores; la del pequeño testigo que observa, que juega a
ser grande, a copiar -imitar y documentar- el registro de los adultos. A su
modo particular, el conjunto de todos los relatos de Señora grande es una
novela de aprendizaje, un poco proustiana, en la que alguien recuerda aquellos
días en los que estaba fascinado por la modesta excentricidad de su profesor de
teatro o de dibujo, por el naturalista de los documentales de la tele o por una
vieja actriz, eternamente en formación. Fascinado por sus figuras pero sobre
todo por su discurso, un lenguaje común, que sin embargo los vuelve únicos.
Como esos humildes cartelitos de las peceras del acuario en las que se detiene
“Zoo”: etiquetas extremadamente caseras, anacrónicamente escritas a mano y con
tinta borroneada, pero que hacen referencia e especies extraordinarias de
ecosistemas privilegiados: el lago de Malawi o las selvas inundables de Igapó.
Convertido en envoltura de lo maravilloso, el lenguaje cotidiano puede disparar
la fantasía al infinito en cualquier parte. En el patio de una casa o en un
zoológico de provincia donde los animales nos dan la espalda o permanecen tan
quietos como si estuvieran muertos.
La relación con el pasado es decisiva en más de un sentido.
Aparece en la relectura que hace el narrador de su niñez pero además en el
culto de lo antiguo. Por eso las iglesias son “Lugares santos”. Soportan,
majestuosas, el peso de los siglos igual que las señoras grandes soportan en
sus piernas cansadas el paso de los años. El ejército de salvación también abre
las puertas del antes. Su depósito ofrece el espectáculo de los juguetes y los
muebles viejos y hasta nos permite tocar la mismísima ropa que usaban las
señoras cuando no eran todavía tan grandes como ahora. Es posible asumir ese
mundo ajeno como un estilo de vida. Pero para hacerlo propio sin tornarse
decadente se necesita bastante humor. Los equecos, los enanos de jardín, los
cementerios, las vacas-mascotas y las carpetitas crochet no son simples
elementos de un decorado kitch. En un mismo movimiento aportan al universo
representado en Señora grande tanta gracia como melancolía. Mantienen vivo el
recuerdo de lo que ya no está y le sacan la lengua al imperativo social de
agiornarse sin respiro. Todo ocurre como si la distancia que separa la nostalgia
de la alegría no fuese más ancha que el filo de un cuchillo. Señora grande
baila sosteniendo ese cuchillo en el aire. Su belleza es blandirlo lúdicamente
para dejarnos ver que todos los extremos del sentimiento son afines a la
locura.
Reseña de Conversaciones del Bicentenario. Por Cecilia Flachsland para la revista El Ojo Mocho
Historia y política en
tiempos kirchneristas: una perspectiva generacional
En su texto
El problema de las generaciones, el
sociólogo Karl Mannheim se pregunta qué pasaría en una sociedad donde las
personas pudieran vivir eternamente. Sostiene que esa sociedad utópica sólo
podría sobrevivir, si las esas personas se olvidaran de todo cada treinta años.
La ausencia de nuevas generaciones que recreen la tradición sólo podría
conducir a la catástrofe. La aparición del libro Conversaciones del Bicentenario, Historia y política en los años
kirchneristas deja en claro que en la sociedad argentina no será necesario
el olvido porque hay una nueva generación dispuesta a interrogar críticamente a
las anteriores.
Conversaciones… es un libro de entrevistas a
historiadores e intelectuales. Javier Trímboli, Raúl Fradkin, Hilda Sábato,
Gabriel di Meglio, Omar Acha, León Pomer, María Pía López, Alejandro Kaufman,
Horacio González y Fernando Devoto fueron invitados a dialogar por Julia
Rosemberg y Matías Farías durante el 2010 y el 2011. Los autores, que crecieron
durante la década del noventa, rondan los treinta años. Conviene decir algo más
sobre ellos porque en el libro apenas señalan su pertenencia institucional a la UBA o al CONICET. Rosemberg es
historiadora y Farías es filósofo. Los dos son docentes, trabajan elaborando contenidos
para la enseñanza sobre temas históricos en distintos organismos del Estado, brindan
capacitación docente, participan en ámbitos militantes y, además y sobre todo, se
definen como kirchneristas.
Hicieron un
libro de entrevistas, es decir de un género que se sostiene en dar la palabra
al otro. Sin embargo, aunque eso también lo hicieron, a lo largo de las páginas
dejan en claro que van a dar esa palabra pero sobre una agenda diseñada por ellos,
un conjunto de problemas sobre el que volverán con insistencia ante cada uno de
los entrevistador, no al modo del periodista incisivo que incomoda pero sí como
quien tiene una obsesión y no está dispuesto a abandonarla.
Ese
conjunto de preguntas que van y vienen en boca de ambos tiene algo de programa
generacional. Son hijos políticos del 2001; asumieron una identidad política en
el 2003; creen que es a través del Estado que pueden ampliarse las nociones de
justicia e igualdad; no tienen miedo de ser tildados de “esencialistas” cuando
pronuncian las palabras “nación” o “clase”. Y, sobre todo, desconfían de la
década del ochenta –como preludio de los noventa- en un aspecto central para la
temática del libro: los “consensos” que se construyeron, desde los elencos
gubernamentales e importantes grupos sociales, para legitimar la democracia a
partir de su contraste con un pasado concebido como un cúmulo de calamidades o
como un lastre que solicitaba su pronto “punto final”. El 2001 establece también
en este punto una fisura y el kirchnerismo se instala allí para rediscutir las
filiaciones históricas y políticas. Por eso no es casual que esta generación de
jóvenes suspenda su previa incredulidad y se lance a la vida política.
Esta marca
generacional está presente también en la misma producción del libro. Fue
publicado por la Editorial
Casa Nova, un emprendimiento joven que con este volumen
inaugura la colección “Jorge Álvarez”, en una suerte de homenaje a quien llevó
adelante la emblemática editorial de los
años sesenta y que fue también el responsable del primer sello discográfico
independiente, Mandioca. Interesa
señalar aquí que, a diferencia de lo que sucedía hasta hace muy poco tiempo, no
estamos frente a un proyecto que se piensa como trinchera frente al derrumbe ni
que levanta la bandera de la “aventura individual adentro del sistema” sino más
bien como un proyecto que, con márgenes de autonomía, no elude pensar ni
apostar a construir las grandes cuestiones nacionales.
El libro está
organizado en dos tramos, el primero se titula “Conversaciones” y reúne las
charlas que se realizaron cara a cara, y el segundo, titulado “Entrevistas”,
incluye aquellas que se realizaron vía mail. El punto de partida de todas son
los festejos del Bicentenario, un acontecimiento que, tal como dicen los
autores, permite pensar como esa movilización callejera recreó de un modo
particular un encuentro entre el pasado y el presente, es decir: “representa el
punto de partida para retomar un interrogante que nos parece fundamental, la
pregunta por el vínculo entre la historia y la política”.
A partir de
sus recorridos biográficos, académicos y políticos, los entrevistados van
desgranando esta pregunta y llevándola hacia derivas diversas. En algunas de
estas derivas, quienes no somos del campo historiográfico, podemos espiar
ciertos cruces que hasta pueden ser leídos como “chimentos” de historiadores:
quién es amigo de quién, quién está peleado con quién.
El interrogante
sobre los festejos del Bicentenario permite vislumbrar uno de los logros del
libro, el haber convocado voces contrapuestas que realizan múltiples
interpretaciones. Pueden ser vistos como un ejemplo de un nuevo “clima de
expectación” de las clases populares (Trímboli); como una reactualización en
clave peronista de la idea alfonsinista de tercer movimiento histórico (Fradkin);
como un espacio de fraternidad que rivalizó paradójicamente con el espíritu
confrontativo del gobierno (Sábato); como un relato efectista ideado con la
estética del videoclip (Acha); como un fenómeno que hacía recordar más a los no
tan lejanos paseos de las clases populares en la calle Lavalle que a los
festejos organizados durante el Centenario (Devoto); o como la prueba de que se
recuperaron las condiciones de legitimidad de la existencia colectiva que
permite incluso este mismo debate (Kaufman).
Farías y
Rosemberg escuchan con atención esta multiplicidad pero no eluden la toma de
posición, a través de la recurrencia del tema y de, por ejemplo, la elección
del dibujo de la tapa del libro. Una ilustración de Nicolás Arispe que contrapone
la celebración del Centenario con la del Bicentenario: una es la “ciudad
gorila” y otra la del “bajo pueblo” (una temática que el dibujante ya había
desarrollado en otro libro de la misma editorial, Mono Sacer, editado al calor del llamado “conflicto del campo”,
desatado por la polémica de la
Resolución 125).
La disparidad
de interpretaciones sobre el Bicentenario es, sin embargo, menos sorprendente
que la insospechada coincidencia entre la mayoría de los entrevistados cuando
el eje de la discusión se centra en las clases populares. Resulta llamativo
cómo buena parte de ellos reconoce su propia imposibilidad de ver o anticipar
lo que estaba ocurriendo en el 2001 o de prever el carácter multitudinario de
los festejos del Bicentenario. La pregunta que bien puede hacerse el lector cae
por sí sola: ¿Por qué especialistas en historia y ciencias sociales no pudieron
ver qué pasaba? ¿Son los acontecimientos argentinos realmente sorprendentes u
ocurre que los intelectuales no esperan ya nada de los sectores populares?
El debate
acerca del reviosinismo y el neorevisionismo es otro de los ejes del libro, que
se entrecruza con la discusión en torno a las potencialidades y los límites de
un “campo académico” que demasiado apresuradamente había certificado la muerte
de aquellas corrientes historiográficas. La polémica sobre la Vuelta de Obligado
convertida en “efeméride” y la guerra de Malvinas concentran el núcleo de esta
discusión y son otros de los tantos puntos de referencia que a lo largo del
libro conducen de manera directa a la cuestión de la “nación”.
Este libro
puede ser leído como una conversación entre generaciones, como toda
conversación tiene sus momentos más intensos no cuando se pronuncian las frases
perfectas, que cierran y concluyen, sino en esos momentos de balbuceos –y hasta
de cierta fragilidad- en los que el lector percibe que los que hablan están
pensando juntos. Tal vez por eso las mejores entrevistas son aquellas donde los
entrevistados no reclamaron recortes ni hicieron correcciones posteriores para
emprolijar. Por ejemplo, cuando di Meglio narra cómo terminó observando los
enfrentamientos callejeros del 2001 desde el balcón mientras los motoqueros
ponían el cuerpo en la calle; o cuando Hilda Sábato explica lo que significó el
concepto de sociedad civil durante la “primavera democrática” y Rosemberg le
repregunta: “¿Y la decepción cuando llega?”.
El día que
murió Néstor Kirchner impresionaba ver en la Plaza de Mayo el dolor de los jóvenes, que lloraban
como quien ha perdido un primer amor y no como llorábamos los que ya habíamos perdido
tantos. En este caso lo novedoso era que el dolor político no era producto de
una desilusión –como podría haber pasado con Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín
y hasta Chacho Álvarez en sus momentos- sino de una fatalidad. Acá el líder no
había traicionado ni desencantado, había muerto. Y esto era toda una novedad en
la cultura política argentina de las últimas décadas.
Farías y
Rosemberg lloraron ese día y seguramente habrán cantado a viva voz que “eran
soldados del pingüino”. En este libro demuestran que también pueden ser
intérpretes de esto que llamamos kirchnerismo, un acontecimiento que volvió a
poner en el centro de la vida en común a la política y que permitió que nuevas
generaciones crean que transformar la realidad es posible. En la calle, en el
trabajo, en la casa, en el aula y con, por ejemplo, un libro como éste.
Reencuentros. Por Mariana Enriquez para RADAR / Página 12
FOTOGRAFIA > LOS RETRATOS DE LUCILA QUIETO CON HIJOS DE DESAPARECIDOS Y SUS PADRES
Poco después, una amiga vio ese encuentro proyectado y quiso tener el propio. Lucila, con cierta inconsciencia, le dijo dale, vamos, las hacemos. Como un chiste pegó un aviso sobre “hacerte la foto con tus padres” en la casa de HIJOS de la calle Venezuela. Y el trabajo empezó a crecer. “Yo les decía que sí a todos los que me las pedían”, cuenta. “Algunos traían diez fotos, otros apenas una, otros doscientas. Yo hacía las reproducciones de todo lo que me trajeran. Estuve trabajando dos años, entre 1999 y 2001, una época muy fuerte no sólo por la crisis sino porque estábamos muy lejos de los juicios, de cualquier tipo de reparación.” Las fotos que traían eran distintas, eran distintas las historias, y lo que queda cada uno quería. “Algunos querían aparecer abrazados. Otros mirando a sus padres. Me pedían ‘quiero estar metida adentro del auto con ellos’. Muchos integrados a las fiestas, sobre todo porque muchas de las fotos que tenían eran de reuniones. Verónica, por ejemplo, quería aparecer en una foto del casamiento de sus padres; pero no quería que saliera una pareja que también estaba en el retrato. Yo la convencí de que los dejara, que no los borrara: ella no sabía quiénes eran, ¿y si estaban desaparecidos? ¿Y si la podían ayudar a encontrar a su hermano o su hermana, que todavía se encuentra apropiado? Ahí quedaron, en la foto con su familia, esos dos desconocidos. Con Marta (Dillon) nos divertimos mucho y además ocurría la sorpresa impresionante del enorme parecido con su mamá. Algunos estaban más compungidos que otros. Uno solo de mis amigos no quiso hacerlo cuando le proyecté las fotos de su madre, muy joven, hermosísima. Se angustió cuando la vio grande en la pared y no pudo. Y otro amigo, Walter, tenía solamente una foto carnet que apenas se veía. Su padre era grande, más de cuarenta años, cuando desapareció. Walter también estuvo secuestrado. Con él tuve que trabajar diferente: yo sacaba dos rollos por cada historia pero no sabía cómo hacer esa producción con apenas una foto carnet. Empecé a buscar en revistas de la época, Descamisados, Montoneros, La causa peronista, y encontré fotos en las que suponía que él o su padre podían haber estado. Por ejemplo, una de una movilización a Plaza de Mayo con un árbol lleno de pibitos; me imaginé que uno de ellos podía ser Walter y lo fotografié con esa imagen. Y también con una foto de mi tío, Roberto Quieto: se habían conocido, vivieron juntos en Córdoba. Mi tío también está desaparecido.”
Cuando lo hizo para ella, fue una liberación después de años, décadas de atormentarse por no tener una foto con su padre desaparecido. Cuando puso con mucho humor un cartel en la casa de HIJOS en el que se ofrecía a “hacerte la foto con tus padres”, no sabía que convocaría a tantos hijos que querían valerse de su técnica de proyección para encontrarse o reencontrarse en una imagen con las personas de quienes vienen y con los que les fue negado crecer. Durante una década, ese trabajo circuló detonando admiración, emociones y ensayos, pero nunca había podido convertirse en libro. Ahora, la edición de Arqueología de la ausencia (Ed. Casa Nova) llega a sumarse a muchos otros actos de justicia.
Lucila Quieto tenía una necesidad, casi una obsesión: tener una foto con su papá. Y eso era imposible porque Carlos Alberto Quieto está desaparecido desde agosto de 1976 y el secuestro se produjo cuando Lucila aún no había nacido, cuando su madre estaba embarazada de cinco meses. Durante años hizo collages, cortaba fotos propias y de su padre, de su madre, armaba escenas, armaba monstruos. Pero no lograba formar esa foto que le había sido arrebatada. Hasta que a los 25 años, cuando participaba de HIJOS y cursaba en la Escuela de Fotografía, tuvo una idea para presentar en la entrega de un trabajo importante. Se reunió con amigos y compañeros de HIJOS, en la casa de uno de ellos, Mariano; todos, además, hacían un taller de fotografía en la agrupación. En esa casa del barrio de Constitución había un proyector muy chico con una lámpara también muy pequeña. Reprodujo en diapositivas las fotos de su padre y las proyectó, muy grandes, sobre la pared. Y se metió, de prepo, en la foto. “Al colarse entre ese proyector y la pared, el efecto fue prodigioso”, escribe Ana Longoni en el prólogo de Arqueología de la ausencia, el ensayo fotográfico de Lucila que acaba de editarse en forma de libro por la editorial Casa Nova. “Cuando la piel se evidencia y se vuelve por un instante pantalla o soporte para que esas imágenes de otro tiempo se hagan cuerpo, ocurre el encuentro. Se produjo una imagen que los contenía por primera vez a los dos.”
El libro Arqueología de la ausencia tardó mucho en llegar. Más de diez años. Mientras tanto, el trabajo circulaba, conmovía, merecía cataratas de textos teóricos, se mostraba. Sin embargo, permanecía sin soporte, inasible. Pasaron muchas cosas, cuenta Lucía, y habla de un personaje que apareció por aquellos años, Renzo, un italiano, que se ofreció como mecenas y acabó siendo un ladrón. “El me daba plata para los materiales, me dejaba unos 100 euros y yo compraba y trabajaba. Pero después creyó que el trabajo le pertenecía. Me pidió los negativos para hacer una muestra en Italia, la armó, editó un libro, lo vendió y con ese dinero financiaba el alquiler de la casa de HIJOS acá. Me mandó ejemplares del libro, también a los fotografiados... En fin, se apropió del trabajo. Tuve que poner abogados para recuperarlo. Me devolvía parte de los negativos y mentía, aseguraba que me había dado la totalidad. Amenazó con quemar las fotos. ¡Eran las fotos de los padres desaparecidos de mis amigos! Yo me estresé, me enfermé, fue espantoso. Eso me generó un gran rechazo. Y durante mucho tiempo le tuve fobia al trabajo. Una verdadera fobia. No quería saber nada con estas fotos. Finalmente recuperé los negativos y decidí dejar las copias en el Museo de Arte y Memoria de La Plata para que ellos las distribuyeran. Me desentendí.”
Desde que terminó Arqueología de la memoria en 2001, Lucila Quieto no volvió a sacar fotos. No de esta manera, no en un ensayo. Sigue trabajando, y mucho, pero con producciones plásticas, collages, transfers, fotocopias: la fotografía ya no, o mejor dicho, aún no. Está contenta porque el libro le permite al trabajo otra vida, otra vuelta: tuvo que mirar fotos una vez más, tuvo que volver a elegir, tuvo que reconciliarse. Todavía hay hijos de desaparecidos que se le acercan y le piden la foto familiar, y ella les dice que sí, hagámosla, pero la verdad es que no volvió a hacer una sola imagen más. “La verdad es que prefiero que se adueñen del recurso y se hagan sus propias fotos. El recurso no es mío. Siempre quise compartirlo: que sea nuestro álbum familiar. Hace poco Pepi Dillon, una compañera que canta y toca en el grupo Tumbamores, se hizo unas con su familia, en color, usando la proyección. Y eran fotos hermosas. Son fotos familiares con consistencia política. Y es buenísimo que cada uno se las construya y construya su propia historia.”
Arte por la memoria. Por Diario Granma, Cuba
MICHEL HERNÁNDEZ
El rescate y la preservación de la memoria latinoamericana y del legado del periodista y luchador internacionalista Pablo de la Torriente Brau, marcaron el eje temático de las exposiciones Ausencias, Distancias,Arqueología de la ausencia y Pablo en Buitragro, inauguradas en el contexto del XI Salón y Coloquio de Arte Digital, que finalizó este fin de semana en La Habana.
| LUCILA QUIETO, ARTISTA ARGENTINA EN EL SALÓN DE ARTE DIGITAL. |
Concebidas dentro de las principales líneas de acción que rigen la labor del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, las muestras fotográficas quedaron instaladas, respectivamente, en el Centro Hispanoamericano de Cultura y la galería Carmen Montilla, en La Habana Vieja.
Compuesta por 44 instantáneas, Ausencias, Distancias, forma parte de una trilogía del artista argentino Gustavo Germano, quien dijo a Granma que sus obras giran en torno "a los tres métodos que utilizó la dictadura de Rafael Videla para eliminar a sus opositores: la muerte, la cárcel, el exilio".
Germano apuntó que "el tema de los desaparecidos es muy traumático. Yo propongo una fórmula no explicativa para que las personas lo entiendan a través de la empatía. Son fotografías que tienen en el medio el tiempo y el vacío y el que tiene que cerrar el circuito es el espectador".
Lucila Quieto, por su parte, es una joven artista que ha vivido en carne propia el horror que significó el régimen militar en su país. "La idea de la exposición me llevó 25 años porque yo no tenía fotos con mi padre, que había sido desaparecido antes de que yo naciera. Entonces siempre buscaba en mi álbum familiar una foto nueva para conocer su historia, su vida", señala.
Su exposición, Arqueología de la ausencia, integrada por 11 historias y 35 fotos, es un extraordinario trabajo documental con obras elaboradas a partir de montajes de proyecciones de imágenes de su padre y de otros hijos de víctimas de la dictadura. "El propósito era contar mi historia personal pero luego muchos hijos de desaparecidos quisieron sacarse su foto y de esa manera se constituyó un relato de una generación de muchas personas que lucharon por un proyecto político y que fueron asesinadas y perseguidas. También se trata de seguir generando imágenes que nos permiten reconstruir parte de nuestra historia", agregó.
La exposición Pablo en Buitrago (La Habana-Nueva York) es fruto del intercambio y la colaboración entre tres conocidos artistas de la fotografía: el español Alfredo Moreno, la estadounidense Yolanda del Amo y el cubano Enrique Smith. Está armada por 30 obras desarrolladas mediante la técnica de la refotografía que documentan la presencia de Pablo de la Torriente Brau en el pueblo español de Buitrago y las ciudades de La Habana y Nueva York.
Para el poeta y cineasta Víctor Casaus, director del Centro Pablo, estas exposiciones evidencian también el "compromiso de los artistas con esta manera de acercarse a la memoria, a veces dolorosa como es el caso de los argentinos, con un grado de autenticidad y pertenencia muy grande"
Conversaciones en Mardel!
El grupo de investigación "Problemas y Debates del siglo XIX" invita a la presentación del libro Conversaciones del Bicentenario: historia y política en los años kirchneristas. Viernes 25 de noviembre. 16hs. Aula 62. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Mar del Plata.
Arqueología de la ausencia en el Centro Hispanoamericano de Cultura - La Habana, Cuba
Arqueología de la ausencia – Ausencias y distancias
Muestra de fotografías de Lucila Quieto y Gustavo Germano
Inauguración 17 hs - 9 de noviembre de 2011
Centro Hispanoamericano de Cultura
Malecón 17
Arqueología de la ausencia
Es un excelente trabajo fotográfico documental de la joven Lucila Quieto (Argentina) con fotografías realizadas a partir de
montajes de proyecciones de imágenes de su padre (Lucila es hija de Carlos
Quieto, desaparecido por la dictadura militar argentina 1976-1983 cuando ella
tenía cuatro meses) con instantáneas propias para recrear así momentos que
nunca pudieron vivir juntos en la realidad.
Luego del trabajo logrado a partir de su experiencia como
hija de desparecidos, la artista comenzó a trabajar con otros jóvenes hijos de
víctimas de la dictadura.
En esa etapa utilizó diapositivas proyectadas, e
intervenciones con las técnicas de collages y pintura sobre las fotos.
Ausencias y Distancias
Son las dos primeras partes de la trilogía sobre la que
trabaja el fotógrafo Gustavo Germano (Argentina) en su búsqueda de retratar los
tres métodos de represión de las dictaduras del siglo XX: la muerte, el exilio
y la cárcel.
Ausencias: es un trabajo realizado a partir de fotografías
de álbumes familiares en donde se muestra catorce casos de víctimas de la
dictadura militar en Argentina entre 1976 y 1983.
Germano recupera fotos en las que aparecen personas
desaparecidas en situaciones familiares o con amigos y las contrasta con
fotografías actuales, que son tomadas en los mismos lugares y en
situaciones similares a la original y en la que los familiares de las víctimas
posan ante la cámara pero ahora con la ausencia del ser querido.
Distancias: Se trata de recuperar fotografías anteriores o
del momento del exilio y a partir de ellas “volver a hacerlas”, 70 años después.
Un “exasperante juego de las diferencias” que pone en evidencia siete décadas
de vida lejos de lo que alguna vez fueron sus vidas.
http://www.ohch.cu/centro-hispanoamericano/index.php
http://www.ohch.cu/centro-hispanoamericano/index.php
Reseña de Conversaciones del Bicentenario por Veintitres
Si los festejos del Bicentenario derribaron los fantasmas de
una masa descontrolada en la calle, para contraponerles la imagen de una
multitud que disfrutó de ferias, shows y desfiles en un continuado de varios
días, a los historiadores Julia Rosemberg y Matías Farías también les sirvieron
de excusa para retomar el vínculo entre historia y política, pensando el
fenómeno kirchnerista. Y aunque así expresada la cuestión pareciera tarea
sencilla, lo cierto es que el desafío implicó entender el proceso K como tipo
de encuentro entre pasado, presente y futuro, en un diálogo con intelectuales
–entre los que se cuentan a Javier Trímboli, Hilda Sábato, María Pía López y
Horacio González, por nombrar algunos– con los que compartieron certezas,
tensiones, interrogantes y la búsqueda de construcción de sentido de un proceso
que se inició tras la crisis de 2001.
El resultado es un trabajo riguroso y dinámico que, lejos de
la soberbia de la verdad revelada, continúa abriendo preguntas sobre el proceso
contemporáneo, sin perder de vista –ni dejar de discutir– los relatos históricos,
su construcción y las formas de transmitirlos.
http://veintitres.elargentino.com/nota-3640-zonaroja-Hombres-trabajando.html
Reseña de Señora Grande
Arroz con monstruos, por Walter Romero para Boca de Sapo
Animales, tejidos, iglesias, jardines (y estatuas de jardín): son formas todas –en lo autotélico de sus intenciones– de una realidad que se resiste a ser embalsamada por los regímenes de la literatura, para perdurar, por el contrario –nuevas y frescas– en lo anodino del gesto, en el cuadro que no llega a cristalizar ningún folklore. Señora grande es una antología de cuentos indefinibles, de un realismo indirecto o no eufórico que no apela a ninguna representación “con molde”, a ningún “efecto de realidad”: El mundo, “como lo conocemos”, no es, en verdad, ni supernumerario ni “en mosaico”, sino, más bien, infinitamente sencillo; los textos verdaderos son sólo aquellos que no está sobrecodificados; la más actual de las operaciones literarias consistiría endestonalizar el tono y su mensaje; para contar una historia no es necesario ninguna historia segunda, paralela o en filigrana que doble la acción principal. Es éste el modo en que su autor, José Fraguas, elige para revelar, con parsimoniosa constatación, la verdad que, sin ambages, postula: una “literatura sin atributos” es posible.
La forma en que hace germinar estas “historias” tiene algo de arborescente (“mientras tanto, los árboles seguían creciendo vigorosos”) pero sin copa o remate, casi como si cada una de estas “historias” fueran ramas infinitas que, como el lenguaje, tienden sólo a la proliferación, no importa hacia dónde o hasta dónde.
Como en una imposible “espiral plana”, el texto crece y se imbrica a modo de realidades “sumadas”, que se van agregando, como si se tratase de una operación que le suma realidad a la realidad, para dejarnos atónitos o acaso improcedentes, sin avalar ni esperar ningún avance narrativo, ningún “cierre” o clausura de estos relatos: una literatura de superficie, sin relieves, con una ingenuidad que asombra: desde la guerra total que le presenta a cualquier peripecia, desde los títulos blancos(Manuela, Susana, Árbol, Zoo) o desde las dos ilustraciones de Santiago Erausquin, que abren y cierran el bello volumen, donde un personaje –siempre muy curioso, orejón, y de ojos enormes– se parapeta detrás de una Señora, a quien nunca le vemos la cara, y que bien podría ser la realidad en su mismidad toda, en su contundente y decapitada presencia.
El marco de esta serie de secuencias narrativas se desprende de los epígrafes de Marosa Di Giorgio y de Hebe Uhart que son elincipit ceremonial del libro: una suerte de gótico –acaso costumbrista– que anidaría en toda realidad, y que campea en todos los textos. Ya no “arroz con leche”, sino “arroz con monstruos”, dirá la cita que Fraguas extrae de la poeta (y sibila) uruguaya: es decir, realidad que desprende –sin quererlo– sus enrevesadas y pasmosas quimeras no siempre aladas, casi nunca con garras, más bien quietas o hieráticas, deformes como si de una “realidad fija” se tratase, de un punto de inmovilidad que no se atreve a activar ni el más mínimo de los desplazamientos: Acaso, junto a Jacques Rancière, agregaríamos: “Ninguna singularidad heroica recubre lo que la banalidad misma contiene de potencia poética escondida (…) Es necesario que la vida supuestamente ´muda´ sea dotada de una palabra propia, que no se expresa por las vías del discurso articulado y la retórica sino que se encuentra inscripta sobre el cuerpo mismo de las cosas.”
Novedad Octubre Colección Jorge Álvarez: Conversaciones del Bicentenario: historia y política en los años kirchneristas

CASA
NOVA lanza el primer título de la Colección Jorge Álvarez: Conversaciones
del Bicentenario: historia y política en los años kirchneristas. Con
esta Colección rendimos homenaje al emblemático sello editorial que signó la
cultura argentina de los años sesenta y a partir del cual surgió el primer
sello discográfico del rock nacional, Mandioca.
Conversaciones del Bicentenario: historia y política en los años kirchneristas reúne entrevistas a Javier Trímboli, Raúl Fradkin, Hilda Sábato, Gabriel
Di Meglio, Omar Acha, León Pomer, María Pía López, Alejandro Kaufman, Horacio
González y Fernando Devoto; realizadas por Julia Rosemberg y Matías Farias
entre julio del 2010 y julio del 2011.
Como
proyecto, el libro tomó impulso a partir de los festejos del Bicentenario,
cuando de manera inesperada multitudes de argentinos ocuparon las calles de la Ciudad de Buenos Aires para
festejar doscientos años de la
Revolución de Mayo. Esa movilización callejera representa el
punto de partida para retomar la pregunta por el vínculo entre la historia y la
política.
De
este modo, diversas voces hacen un balance del estado del campo
historiográfico, reflexionan sobre los relatos históricos disponibles, discuten
sobre los sentidos en pugna alrededor del concepto de nación y proponen
hipótesis para pensar qué hizo el kirchnerismo con la grieta que se abre en el
escenario político argentino tras la crisis del 2001.
Presentación:
Lunes 24 de octubre a las 19hs / Biblioteca Nacional - Sala "Juan L.
Ortiz" /Agüero 2502
Presentan: Cecilia Fachsland, Martín Rodríguez y Eduardo Rinesi.
Presentan: Cecilia Fachsland, Martín Rodríguez y Eduardo Rinesi.
Novedad septiembre Colección Barranca Yaco: Señora Grande de José Fraguas!

Casa Nova lanza Señora Grande de José Fraguas, segundo título de la Colección Barranca Yaco orientada a la nueva narrativa argentina y latinoamericana.
Este libro tiene uno de esos
narradores de los que uno se hace amigo inmediatamente: es humilde, agudo,
gracioso y nos invita a sonreír con la simpatía de su prosa suelta. Revela lo
interesante de personas comunes o no tanto, sabe escuchar las frases que
repiten, observa esos gestos por donde se les escapa lo que realmente son. Todo
esto es parte de su propia pasión: la inocente búsqueda de lo sagrado en
templos, cementerios y jardines. Es hermoso releer “Señora grande”, una y
otra vez, como ir de visita a una casa donde nos tratan bien.
Gabriela Bejerman
Texto de contratapa
Texto de contratapa
Etiquetas:
Colección Barranca Yaco,
José Fraguas,
Señora Grande
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